Comunicaciones

Circular N° 1053 Madre Chiara Cazzuola

Una vida entregada a Dios

Queridísimas hermanas:

Como Instituto, que vive en el corazón de la Iglesia y del mundo, estamos invitadas a leer la realidad con una mirada creyente y llena de gratitud, capaz de penetrar el momento en el que vivimos para descubrir los signos de la presencia y del amor de Dios. Con esta luz, las celebraciones jubilares de la Vida Consagrada, que tuvieron lugar en Roma del 8 al 12 de octubre, nos involucraron, junto con muchos religiosos y religiosas de todo el mundo, en un camino de conversión y revitalización vocacional. Este fue también el caso de la Solemne Canonización de Santa María Troncatti.

El mes de octubre, mariano y misionero, nos invita a redescubrir la oración del Rosario, que nos permite tejer un fuerte vínculo con María, Madre y Maestra, para contemplar con ella los misterios de la vida de Jesús. Es una oración que invoca la protección de la santa Madre de Dios sobre toda la humanidad. Es una invocación de esperanza y fe que se centra en la meditación de los misterios de Cristo, con la guía de Aquella que fue vinculada de manera muy singular con la Encarnación, Pasión y Resurrección del Hijo de Dios.

No es mera coincidencia que entre los nuevos santos canonizados por el Papa León XIV el 19 de octubre, también se encuentre el laico Bartolo Longo, fiel propagador del rezo del Rosario. Él, transformando su devoción mariana en caridad activa, se entregó generosamente al servicio de los pobres, expresando una confianza inquebrantable en María.

También nosotras, Hijas de María Auxiliadora, estamos seguras de que María está presente en nuestras vidas y cada mañana, en la oración de confianza, le renovamos nuestra entrega total de lo que somos y de lo que vivimos, reconociendo que Ella vela con amor de Madre por el camino de cada una de nosotras y por la misión del Instituto.

¡Aquí estoy!
Entregarse y confiarse es hacer posible lo imposible y esto presupone una llamada y una respuesta de amor.
Aquí estoy es una exclamación que indica disponibilidad, prontitud y presencia gozosa; representa un «sí» incondicional a la voluntad de Dios, un ponerse a disposición del Señor, imitando a María que con su «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38) hizo posible lo imposible.
Aquí estoy no es una expresión formal: indica la apertura incondicional al plan de Dios y la disponibilidad a hacer su voluntad con alegría. María es icono vivo de esta disponibilidad y nos enseña a decir nuestro heme aquí cada día, en cada situación. Aquí estoy es la respuesta a Aquel que nos llama por nuestro nombre; es como un canto a la vida y al Creador, una forma de glorificar a Dios y agradecerle por las maravillas que obra en nosotros y a nuestro alrededor.

Como Hijas de María Auxiliadora estamos llamadas a expresar, cada día de nuestra vida, el Aquí estoy de María en actitud de fe, esperanza, caridad, en profunda comunión con Jesús, con la humildad gozosa y agradecida expresada en el Magníficat (cf. C 4).
La palabra «aquí estoy» fue pronunciada también por Jesús cuando se confió totalmente al Padre: «He aquí que vengo, porque está escrito de mí en el rollo del libro, para hacer tu voluntad, oh Dios» (Hb 10, 7). En esta entrega libre y total, descubrimos que la obediencia es la síntesis de toda su vida y del Misterio Pascual.
Para nosotras es un aspecto fundamental del seguimiento de Cristo, una llamada a entrar en un camino de disponibilidad, como Jesús y en Él. Él es el Hijo amado, que obedece hasta el punto de morir en la cruz por la salvación del mundo. Es el enviado del Padre, que se hace siervo para reunir a todos los hermanos y hermanas en la comunidad de los redimidos.
Haciendo nuestra su disponibilidad, nuestra vida se hace fecunda también a nivel educativo y contribuye a fortalecer la comunión fraterna. Don Bosco estaba convencido de que la obediencia mantenía unida a la Congregación, de hecho decía: «Estamos unidos los unos a los otros […] y todos juntos estamos unidos a Dios» (MB IX 572).
No se trata, por tanto, de seguir las órdenes, sino de entregarse totalmente al Padre en una misión que se convierte en salvación para las jóvenes y los jóvenes al estilo salesiano, como nos recuerdan nuestras Constituciones: «Viviremos la obediencia ‘con toda sencillez’ según la típica actitud salesiana del ‘voy yo’, dispuesta inclusos a realizar ‘grandes renuncias de voluntad'». haciendo nuestro el ‘Fiat’ de María quien, por su adhesión a la voluntad de Dios, se convirtió en la Madre del Redentor y Madre nuestra» (C 32).

La primacía de Dios en nuestras vidas
Entregarse significa reconocer la primacía absoluta de Dios en la propia vida. San Benito, en la Regla que escribió, especifica que no se debe anteponer nada al amor de Cristo, es decir, al hecho de que Cristo nos ama.
Reconocer la primacía de Dios significa no preferir nada al amor personal de Cristo por mí, como dice san Pablo: Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí, dio su vida por mí (cf. Gal 2, 20).
A veces no se trata de preferir sino de creer en el amor. Podría surgir la duda: «¿Puede Cristo amarme realmente?» La fe nos ayuda a aceptar el hecho asombroso de que el Señor nos ama con un amor de predilección.

El Papa León XIV, en la celebración eucarística del Jubileo de la Vida Consagrada el pasado 9 de octubre, nos recordó que sólo de una auténtica experiencia de Dios brotan generosos brotes de caridad, como sucedió en la vida de los Fundadores, personas enamoradas del Señor, entregadas incondicionalmente a todos, sin distinciones, en los más diversos modos y contextos. El Santo Padre advierte que podemos correr el riesgo, incluso en nuestra vida, de una verdadera parálisis del alma: «Es verdad que también hoy, como en tiempos de Malaquías, hay quienes dicen: ‘De nada sirve servir a Dios’ (Malaquías 3,14). Es una forma de pensar que conduce a una verdadera parálisis del alma, de modo que nos contentamos con una vida hecha de momentos fugaces, de relaciones superficiales e intermitentes, de modas pasajeras, cosas que dejan un vacío en el corazón. Para ser verdaderamente feliz, el hombre no necesita esto, sino experiencias de amor consistentes, duraderas y sólidas, y vosotros, con el ejemplo de tu vida consagrada […] podeis difundir en el mundo el oxígeno de esta forma de amar».
Antes de concluir su homilía, el Santo Padre citó algunas expresiones de San Pablo VI a los religiosos y religiosas que recuerdo, porque pueden hacernos mucho bien: » Conservad la sencillez de los «más pequeños» del Evangelio. Sabed encontrarla en el íntimo y más cordial trato con Cristo o en el contacto directo con vuestros hermanos. Conoceréis entonces «el rebosar de gozo por la acción del Espíritu Santo» que es de aquellos que son introducidos en los secretos del Reino. No busquéis entrar a formar parte de aquellos «sabios y prudentes», cuyo número tiende a multiplicarse, para quienes tales secretos están escondidos. Sed verdaderamente pobres, mansos, hambrientos de santidad, misericordiosos, puros de corazón; sed de aquellos, gracias a los cuales el mundo conocerá la paz de Dios». (San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 10). Evangelica testificatio, 29 de junio de 1971, 54).

Reavivar la conciencia del aquí estoy con corazón misionero

La palabra de San Pablo VI es para nosotras un recordatorio fuerte de los valores que sostienen nuestra entrega total al Señor, acogiendo su llamada a ser auténticas testigos de la primacía de Dios en nuestra vida, para que los hermanos y hermanas que encontremos, especialmente los jóvenes, se orienten hacia él.
El Espíritu Santo nos envía, como Iglesia, a continuar la misión de Cristo en las periferias del mundo, golpeadas por la injusticia, el sufrimiento, la violencia y las guerras. Por eso estamos llamadas a reavivar en nosotras mismas la conciencia del aquí estoy, el fuego de la vocación misionera que realizamos cuando nos ocupamos, con el espíritu del Evangelio, del sufrimiento de la humanidad. Es un anuncio a menudo silencioso y aparentemente ineficaz, en gestos y palabras cotidianas, que se convierten en la pequeña semilla de la que Jesús nos habla. Es una misionariedad que crece lentamente cuando nos reconocemos como «siervos inútiles», cuando nos ponemos al servicio de la Palabra de Dios, de nuestras hermanas y hermanos, de los jóvenes, sin buscar nuestros propios intereses, sino solo para irradiar el amor del Señor en el mundo.

Hoy se necesita un nuevo impulso misionero, personas que ofrezcan su servicio en tierras de misión o en la propia patria, nuevas propuestas y experiencias vocacionales, capaces de suscitar este deseo, especialmente en los jóvenes.
También nosotras estamos llamadas a la misión evangelizadora, reavivando el impulso misionero de los orígenes, declinándolo en el presente, en sintonía con el camino sinodal y misionero de la Iglesia, con la mirada puesta en el futuro, atento al presente y agradecido por el pasado. Conscientes de que nuestra tierra de misión está «aquí» y «ahora», donde vivimos el carisma como comunidades educativas, caminando con nuestras hermanas, con los jóvenes y las familias, en los diversos contextos socioculturales en los que Dios nos llama a trabajar. En todas partes nos comprometemos, con corazón misionero, a hacer de cada lugar anuncio del Evangelio. No podemos olvidar que nuestras primeras Reglas, redactadas por Don Bosco, especifican cómo el fin de nuestro Instituto es el de la santidad que se expresa en la misión evangelizadora.

Santa María Troncatti es el icono más elocuente de esta santidad con rostro misionero. En ella tenemos el testimonio de una Hija de María Auxiliadora que vivió con audacia la pasión apostólica de da mihi animas cetera tolle, aceptando la exigente ascesis del trabajo y la templanza como condición indispensable para dar fruto.
No hay autorreferencialidad ni protagonismo en su misión, sino la conciencia de estar llamada a vivir la espiritualidad del Magníficat, en la fe encarnada, la humildad, la entrega, la sencillez y la oración auténtica como la Virgen de Nazaret.
Sor María es una mujer contemplativa porque es totalmente de Dios y, como María, la Madre de Jesús, escucha en oración su Palabra. Al mismo tiempo, se da totalmente a todos sin distinción, sin cálculos.

La misión de Sor María es una misión que encarna la espiritualidad mariana, tal como nos fue transmitida por Don Bosco y como la vivió Madre Mazzarello: una espiritualidad fuerte, alegre y misionera que distingue a nuestro Instituto, que es «¡todo de María!». Es en esta luz que estamos llamadas, cada día, a vivir intensamente nuestra vocación como himno de alabanza al Padre y como entrega total a Él, en un don sin límites como lo hizo María, la Madre y Maestra, que continúa hoy acompañando nuestra vida y nuestra misión.

También nosotras, mirando a santa María Troncatti, podemos dejarnos envolver por su santidad, vivida en esa pobreza de espíritu, propia de las Bienaventuranzas, que la hace arrodillarse ante Dios, segura de que sólo Él es el verdadero Autor del bien, que actúa en el corazón y en la mente de los hombres y mujeres a los que cuida. Recordamos con ella una larga lísta de generosos y heroicos misioneros salesianos e Hijas de María Auxiliadora que, en la selva amazónica del Ecuador y en muchas otras partes del mundo, sembraron la semilla del Evangelio con lágrimas, sudor y, a menudo, con sangre.

En comunión con los Hermanos Salesianos celebraremos, el 11 de noviembre, el 150o aniversario de la primera expedición misionera, compuesta por diez jovencísimos salesianos, dirigidos por Don Giovanni Cagliero. Todos ellos, con fe y valentía intrépida, contribuyeron al crecimiento del carisma salesiano en tierra americana y a preparar el terreno para la llegada de las Hijas de María Auxiliadora, dos años después.

Por intercesión de Santa María Troncatti, pidamos, para el Instituto y para toda la Familia Salesiana, la fidelidad y el celo misionero de los orígenes y la gracia de descubrir en la vida cotidiana la presencia de Dios, que nos envía como misioneras de esperanza para anunciar a los jóvenes y a las jóvenes, en todas partes del mundo, la riqueza y la belleza del Evangelio.
Con María, y como ella, estamos dispuestas a decir con nuestra vida: «Aquí estoy, Señor, vengo a hacer tu voluntad». Creo que este es un hermoso camino de santidad que puede traer un nuevo florecimiento vocacional para todo el Instituto, para la Familia Salesiana, para la Iglesia.

Con afecto y en unión de oración.


Roma, 24 de octubre de 2025

Aff.ma madre
Sor Chiara Cazzuola